Entrevista personal a Jorge Müller

Carlos R. Parsons-1897

Un cierto día cálido de verano, me encontré subiendo lentamente la frondosa colina Ashley de Bristol, Inglaterra. Al llegar a la cumbre, vi los inmensos edificios que dan refugio a más de dos mil huérfanos. Los mismos fueron construidos por un hombre que ha dado al mundo una de las más patentes lecciones de fe que se han visto en la actualidad.

La primera casa estaba a la derecha, y en ella, junto con los huérfanos y en un sencillo y modesto apartamento, vivía el santo patriarca: Jorge Müller. Pasando el portón, me paré un momento para mirar la Casa #3, una de las cinco construidas a costo de $600,000.00 (US$4.5 millones en la actualidad).

Al tocar el timbre, uno de los huérfanos llegó a la puerta y me guió, subiendo una gran escalinata de piedra, hacia uno de los cuartos privados del honorable fundador de esa gran institución. El Sr. Müller había alcanzado la notable edad de 91 años. Estando en su presencia, la admiración por él llenó mi mente. “Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano…” (Levítico 19:32)

Jorge me recibió, dándome cordialmente la mano, y asimismo me dio la bienaventurada. Es algo impresionante el solo ver a un hombre a quién Dios ha usado para llevar a cabo una gran obra; pero, más allá de esto, el tono de su voz toca el corazón; y aun más magnífico es el privilegio de compartir de su espíritu, y sentir las alentadoras respiraciones entrando a la propia alma. La comunión que tuve en aquella hora que compartí con Jorge estará grabada en mi memoria hasta mi muerte. Ese siervo del Señor me abrió su corazón, me aconsejó, oró conmigo y me dio su bendición.

En ese momento, la fuente de la gran fuerza espiritual de Jorge Müller se hizo muy patente. Ese anciano santo, quien todavía no sufría del debilitamiento de sus capacidades, se demostró como elocuente en un tema: La alabanza a Jehová, quien escucha y contesta las oraciones de Su pueblo. Durante la entrevista, mis palabras fueron pocas.

—¿Siempre ha encontrado que el Señor es fiel a su promesa, Sr. Müller?

—Siempre: ¡Nunca me ha fallado! Durante casi setenta años, cada necesidad que afectaba su obra ha sido suplida. Los huérfanos, desde el primero hasta el último que ha llegado, numeran 9500: pero nunca les faltó, ni siquiera una comida. En cientos de ocasiones, comenzamos el día sin tener ni siquiera un centavo, pero nuestro Padre Celestial envió los víveres en el preciso momento que se necesitaron. Nunca nos faltó ni siquiera una comida saludable. Durante todos estos años, he podido confiar solamente en el Dios Viviente. $7,500,000.00 ($50,000,000.00 actuales) me han sido mandados como respuesta a las oraciones. En cierto año, necesitábamos $200,000.00 ($1,500,000.00 actuales), y todo esto llegó en el tiempo debido. No hay nadie que pueda decir que le he pedido algo, ni siquiera un solo centavo. No tenemos juntas [creo que se refiere a las juntas para solicitar fondos], ni cobradores ni votos ni fundaciones. Todo ha venido en respuesta a la sola oración de fe. Dios tiene muchas maneras de tocar los corazones de los hombres para ayudarnos, en todas las partes del mundo. Mientras oro, Él le habla a uno de este continente y a otro de otro continente, para que nos manden ayuda. Hace unos días no más, mientras yo predicaba, un hombre fue tocado para llenar un cheque por una gran cantidad de dinero, y después del culto, nos lo dio.”

—He leído su biografía, Sr. Müller, y he notado que a veces fue tan duramente probada su fe. ¿Sigue siendo probada su fe en estos mismos momentos?

—Mi fe está siendo probada ahora, al igual que siempre, y, mis dificultades son más grandes que nunca. Más allá de nuestras responsabilidades financieras, siempre hay que buscar trabajadores y hogares para los cientos de huérfanos que están saliendo del orfanato. Y, a menudo los fondos se acaban; hace unas semanas no más, que los víveres casi se acabaron otra vez. Reuní a los amados trabajadores y les dije: ‘¡Oren, hermanos, oren!’. Inmediatamente llegaron $500.00, luego $1,000.00 y pocos días después, llegaron $7,500.00 ($54,000.00 actuales). No obstante, siempre tenemos que estar orando, confiando. ¡Oh! ¡Tan bueno es confiar en el Dios Viviente, porque él ha dicho: ‘No te desampararé, ni te dejaré.’! (Hebreos 13:5) Cree que recibirás cosas maravillosas de Dios, y las recibirás. No hay límite a lo que Dios puede hacer. ¡Alabanzas a Su nombre sean para siempre! ¡Alábale por todo! Le he alabado muchas veces, al recibir diez centavos, y le he alabado al recibir $60,000.00 ($500,000.00 actuales).

—¿Me supongo que Usted nunca se ha propuesto tener un fondo de reservas, para los tiempos difíciles?

—Hacer eso sería una locura. ¿Cómo podría yo orar a Dios por ayuda, si tuviera una reserva? Dios me diría, ‘Trae esas reservas, Jorge Müller’. Nunca me he propuesto tal cosa. Nuestro fondo de reservas está en el cielo. El Dios Viviente es nuestra suficiencia. He confiado en Él por un solo dólar y he confiado en Él por miles de dólares: pero nunca en vano. ‘Dichoso el hombre que confía en Él. (Salmo 34:8)

—Por supuesto, ¿nunca ha pensado en ahorrar algo para usted mismo? Le pregunté.

Siempre recordaré la noble manera en que ese hombre de gran fe me contestó. Hasta entonces, había estado sentado frente a mí, con sus rodillas cerca de las mías, sus manos apretadas, y con el semblante de alguien que posee un espíritu calmado, quieto y meditabundo. Casi todo el tiempo, se inclinaba hacia mí un poco, mirando hacia abajo. Pero al escuchar esta última pregunta, se puso recto, mirándome a la cara durante un rato, con un fervor que penetraba hasta mi propia alma. Había una grandeza y majestad en sus penetrantes ojos; como el de un hombre que se acostumbró a mirar las cosas profundas de Dios. No sé si la pregunta le pareció como algo sórdida, o si le había tocado el “yo”, del cual él había descrito a menudo en sus discursos. Con todo, no había duda alguna de que esa pregunta le había despertado todo su ser. Luego de una breve pausa, durante la cual su cara parecía la de alguien que va a dar un sermón y sus ojos lucían chispeantes, abrió su abrigo y sacó de su bolsillo un antiguo portamonedas. La colocó a mis manos, diciendo: —Todo lo que poseo está en este portamonedas; ¡cada centavo que tengo! ¿Ahorrar para mí? ¡Nunca! Cuando recibo dinero que ha sido enviado para mi propio uso, se lo doy a Dios. He recibido de esa manera hasta $5,000.00 de una sola vez, pero no considero tales donaciones como mías; todo es de Dios, quién es dueño de mí persona, y a quién sirvo. ¿Ahorrar para mí? No debo ahorrar para mí mismo; eso deshonrará a mi amante, misericordioso y bondadoso Padre.

Le devolví el portamonedas al Sr. Müller. Me dio por enterado de la cantidad que en el contenía, y de la cantidad que él había donado al orfanato y a la Institución para la Ciencia de las Escrituras. Sin embargo, de estos asuntos, junto con unos otros, no me fueron permitidos publicar.

Mientras ese anciano hombre de fe me relataba algunos de los incidentes que le ocurrieron en sus viajes de predica en 42 diferentes países, su cara lustraba de santo entusiasmo, compartiendo de cómo sus necesidades fueron suplidas mientras viajaba de un lugar a otro, a veces miles de kilómetros. Cientos de miles de hombres y mujeres, de casi todos los países que existen, vinieron a escucharle. Sus temas favoritos en sus prédicas fueron los del sencillo mensaje de salvación y el de animar a los creyentes a confiar en el Dios Viviente. Me dijo que había orado por sus sermones más que cualquier otra cosa, y que muchas veces el texto para el sermón no le fue dado sino hasta que se subía a la escalera del púlpito, a pesar de que había estado orando para que le fuera dado durante toda la semana anterior.

Luego de decirme esto, le pregunté si él invertía mucho tiempo en la oración.

—Muchas horas, a cada día. Mas, vivo en el espíritu de oración, orando mientras estoy caminando, cuando me acuesto y cuando me levanto. Y, las respuestas siempre vienen. Mis oraciones han sido contestadas decenas de miles de veces. Una vez que estoy convencido de que estoy en lo correcto para pedir algo, sigo orando hasta que se me cumpliera. ¡Nunca paro de perseguirlo!

Esas palabras fueron dichas en un tono tan glorioso, y había un sonido de triunfo en sí mismas. El semblante de Jorge lucía un gozo santo. Mientras las decía, se levantó y caminó al otro lado de la mesa.

—Miles de almas se han convertido en respuesta a mis oraciones —seguía diciendo—. Voy a encontrar decenas de miles de ellos en el cielo.

Hubo otra pausa. No dije nada, y luego él continuó: —Lo que se debe notar es acerca de nunca parar de orar hasta que venga la respuesta. He estado orando durante 52 años, cada día, por dos hombres, que son hijos de un amigo de mi juventud. Todavía no se han convertido, pero, ¡van a convertirse! ¿Cómo podrán resistirse para siempre? Existe una promesa incambiable de Jehová, y en ésa confío. La gran falla de los hijos de Dios es que no persisten en la oración; no perseveran. Si desean algo para la gloria de Dios, deben orar hasta que lo logren. ¡Oh! ¡Cuán bueno, benevolente, misericordioso y condescendiente es Él con quienes tenemos que dar cuenta (Hebreos 4:13)! ¡Él me ha dado, a pesar de ser muy indigno yo, mucho más de lo que he pedido o pensado! Soy solamente un pobre y débil hombre pecador; no obstante, Él ha escuchado mis oraciones en decenas de miles de ocasiones, y me ha usado como un canal, para traer decenas de miles de personas al camino de la verdad, en esta tierra y en tierras lejanas. Estos indignos labios míos han promulgado la salvación a grandes multitudes, y muchos han creído hasta llegar a la vida eterna.

Luego, le pregunté al Sr. Müller si, al comienzo de la obra, él hubiera imaginado de cuán grande llegaría a ser su ministerio. Primero él habló de los comienzos en la calle Wilson, y luego dio contestación a mi pregunta: —Solamente sabía que Dios tenía parte en ella, y guiaba a Su hijo en nuevas sendas. La seguridad de Su presencia me dio fortaleza.

—No puedo olvidarme de la idea de cómo Usted habla de sí mismo, —le dije, conciente del hecho de que yo tocaba un asunto sagrado y tierno, que también fue aliado con lo profundo de su espiritualidad y su relación personal con Dios. Me culpé un poco al mencionar el asunto. Pero, él ahuyentó mis temores, diciendo: —Hay un solo lugar a dónde merezco ir; ¡el infierno! Te digo, hermano mío, es el único lugar que merezco. Por naturaleza, soy un hombre perdido, pero también soy un pecador salvado por la gracia de Dios. Aunque soy un pecador por naturaleza, no vivo en pecado; odio el pecado; más y más lo odio, y más y más amo la santidad.

—Me supongo que, viviendo esos muchos años en la obra de Dios, se ha encontrado mucho de lo que le desalentó.

—He encontrado muchas cosas desalentadoras; pero siempre confiaba en Dios —replicó Jorge—. ¡Mi alma descansaba en la palabra de Jehová! ¡Oh! ¡Qué bueno es confiar en Él! ¡Su palabra nunca volvió vacía (Isaías 55:11)! Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas (Isaías 40:29). Esto se aplica a mis ministraciones públicas también. Hace 62 años, prediqué un sermón pobre, seco y estéril, que no me dio consuelo a mí, y según yo me imaginaba, ni a otros. Pero, mucho tiempo después, escuché 19 distintos casos de bendición que resultaron de ese mismo sermón.

Luego, le compartí de unas cosas que me habían desanimado, y de la esperanza que yo tenía que Dios me usaría más en el futuro.

—Tú serás usado por Dios, hermano mío —exclamó Jorge—. ¡Dios mismo te bendecirá! ¡Sigue trabajando!

—¿Puedo pedirle que me dé una palabra de especial consejo en cuanto a mi propia obra para Dios, —le pregunté—, para poder compartirlo con otros obreros cristianos en la gran cosecha de almas?

—Procura depender de Dios en todo —contestó—. Ponte a ti mismo y a tu obra, en Sus manos. Al considerar iniciar una nueva obra, debes preguntarte: ‘¿Es ésta agradable a la mente de Dios? ¿Es para Su gloria?’ Si no es para Su gloria, no es para tu bien, y debes rechazarla por completo. ¡Date cuenta de eso! Pero, al estar seguro que el rumbo que piensas comenzar es para la gloria de Dios, comiénzalo en Su nombre, y síguelo hasta el final. Comiénzalo en oración y fe, y, ¡no te desanimes! Otro consejo es de no mirar la iniquidad, que hay en tu corazón (Salmo 66:18). Si lo haces, el Señor no te escuchará. Mantén esto en tu mente siempre. Luego, confía en Dios. Encomiéndate solo a él. Espera en Él. Cree en Él. Ten de Él grandes expectativas. No desmayes si la bendición se tarda. Y, sobre todo, confía solamente en los méritos de nuestro adorable Señor y Salvador, para que, a razón de ellos, y no de los tuyos, tus oraciones y tus obras sean aceptadas.

No tenía yo palabras más. ¿Qué podía decir? Mis ojos se llenaron de lágrimas y mi corazón rebosaba, como dice el refrán:

“Había un silente ambiente asombroso, que no osaba moverse,

Junto con el silente ambiente celestial del amor.”

De otro cuarto, Jorge trajo un ejemplar de su biografía, en la portada del cual escribió mi nombre. Mientras iba a traerlo, tuve la oportunidad de mirar su apartamento. Los muebles eran muy simples, de un estilo útil y en armonía con lo demás de la vida del hombre de Dios a quien visitaba. Fue un gran principio en la vida de Jorge, el pensar que no es recto que los hijos de Dios sean ostentosos en su estilo, en el modo de vestirse, ni en cualquier parte de su vida. Jorge creía que el lujo y la comodidad no tienen nada en común con los que profesan ser discípulos del humilde y manso Jesús, quien no tuvo dónde recostar su cabeza (Mateo 8:20).

Sobre su escritorio estaba una Biblia abierta, sin notas ni referencias. Aquí, pensaba yo, está dónde se aloja el hombre más destacado, espiritualmente, de nuestra era; un hombre que Dios ha levantado para demostrar a un frío, egoísta y científico mundo las realidades de las cosas de Dios, y para enseñarle a la iglesia tal como ella puede ganar, si solamente se afianza en la Mano Omnipotente.

Había estado con este guerrero de oración una hora, y solamente una vez fue tocada la puerta. Al ocurrir esto, Jorge la abrió, y encontró a una de las huérfanas; una miembro de una de las familias más grandes del mundo, la del orfanato de Jorge. —Mi amada —dijo Jorge—, no puedo atenderte en este momento. Espera un momento, y te llamaré.

Así, fui privilegiado quedarme con ese hombre de fe sin interrupciones; ese príncipe de Dios; ese viajero de un peregrinaje turbado de 91 años; un hombre que, al igual que Moisés, le habló a Dios como un hombre le habla a su amigo. Para mí, fue como una hora en el cielo, pero disfrutada en la tierra.

Su oración por mí fue pequeña y sencilla. Arrodillándose, dijo, —O Señor, bendice a este amado siervo que está ante ti, más y más, más y más ¡y más y más! Y, guía, con tu gracia, su pluma, en lo que él va a escribir en cuanto a esta Tú obra, y en cuanto a nuestras conversaciones del día de hoy. Lo pido por los méritos de Tú amado Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. ¡Amen!

 

Nota: Jorge vivió hasta los 92 años. A los 70 años, dejó de superentender al orfanato y empezó a viajar para predicar por todas las partes del mundo. Al llegar a los 87, cesó de viajar, pero ya había viajado alrededor de 300,000 kilómetros, en 42 diferentes países, y les predicó a unos 3 millones de personas. A continuación, se comparten las mismas palabras de Jorge, en cuanto al secreto de su poder espiritual:

 “Hubo un día en que Jorge Müller murió:

  • Jorge Müller murió a: sus gustos, sus opiniones, sus preferencias y su propia voluntad.

  • Murió al mundo— su aprobación y censura.

  • Murió a la aprobación o crítica de los demás, aun de sus hermanos en Cristo y amigos: desde entonces en adelante, he procurado con diligencia presentarme a Dios aprobado. (2º Timoteo 2:15)”

[Con esto Jorge no quiso decir que no escuchó los consejos de otros, pero si sus consejos no tenían bases bíblicas, no les hizo caso]

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